Acto I — Domar el Corcel
Compartir
Acto I — Domar el Corcel
Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de los edificios de madera del pueblo abandonado, Lupen entendió que aquel lugar no funcionaba como el mundo que conocía.
En la Feria Mágica, las risas y los juegos casuales eran en standard. Pero este universo era distinto. Aquí todo parecía regirse por una sola regla: nadie salía sin competir.
La calle principal se extendía frente a él como una pista infinita de polvo rojizo. Al fondo, la figura que se parecía a Deckster lo observaba con una sonrisa torcida.
—Llegas tarde —había dicho.
Lupen aún sentía el eco de esas palabras.
No era Deckster. Eso era evidente. La postura era la misma, las orejas puntiagudas, incluso la silueta parecía idéntica… pero la energía era completamente distinta. Donde el Zorro Mago transmitía curiosidad y travesura, esta figura irradiaba una calma peligrosa.
Y ahora lo había retado.
Una carrera.
El premio: seguir buscando a Deckster.
La apuesta: su deck.
El corcel
Lupen había descubierto la primera regla del universo gracias al tabernero del pueblo.
En este mundo, los mazos no eran simples cartas.
Eran corceles.
Cuando desplegó su deck en medio del camino, la tierra vibró bajo sus pies. Las cartas comenzaron a girar lentamente en el aire, conectándose entre sí como si recordaran cada partida que habían jugado juntos.
La energía se condensó hasta formar una silueta.
Un caballo hecho de luz, estrategia y memoria.
Su corcel.
Durante un instante, Lupen sintió orgullo.
Había estudiado mucho para construir ese mazo. Durante meses analizó listas de campeones, revisó torneos, comparó estrategias. Sabía qué cartas funcionaban mejor, cuáles aparecían en las listas ganadoras, cuáles tenían mayor impacto en el meta.
Había hecho todo bien.
O al menos eso creía.
El comienzo de la carrera
El rival no esperó mucho.
—¿Listo para perder tu deck? —preguntó con una sonrisa burlona.
Sin esperar respuesta, montó su propio corcel.
El caballo oscuro apareció casi instantáneamente, formado por sombras densas y líneas de energía negra. No parecía luchar por existir como el de Lupen. Era estable, sólido… obediente.
Las campanas del pueblo sonaron.
La carrera comenzó.
El rival partió como una flecha.
Lupen intentó seguirlo.
Pero algo salió mal.
Su corcel dudó.
El caballo de cartas dio un paso, luego otro… y se sacudió como si no reconociera a su jinete. Las cartas que formaban su cuerpo temblaron, reorganizándose de manera torpe.
—Vamos… —murmuró Lupen, intentando guiarlo.
Pero el corcel no respondía con naturalidad.
Mientras tanto, la figura misteriosa ya se alejaba levantando una nube de polvo en el horizonte.
El corcel rebelde
La carrera avanzaba a través de caminos estrechos, callejones y tramos abiertos del desierto.
Lupen intentaba forzar su estrategia.
Había visto este tipo de situaciones en partidas antes. Sabía qué cartas usar, qué jugadas eran fuertes, qué decisiones habían tomado otros campeones en torneos importantes.
Pero cada intento parecía empeorar las cosas.
El corcel tropezaba.
Dudaba.
A veces incluso se detenía brevemente, como si no entendiera las órdenes que Lupen intentaba darle.
Entonces Lupen comprendió algo inquietante.
Su mazo no estaba corriendo.
Estaba resistiéndose.
La voz del rival llegó desde la distancia.
—Ese no es tu mazo… —gritó con tono burlón—.
Solo lo tomaste prestado.
Las palabras golpearon fuerte.
Porque Lupen sabía que, en parte, eran verdad.
El recuerdo
El rival ya estaba muy lejos cuando Lupen sintió algo moverse entre las cartas del corcel.
Una carta diferente.
No pertenecía a la estructura original del mazo. De hecho, durante mucho tiempo Lupen había dudado si incluirla o no.
La carta que Deckster le había regalado.
El recuerdo volvió de golpe.
La Feria Mágica.
Una conversación breve.
El Zorro Mago entregándole la carta con una sonrisa misteriosa.
—No siempre gana la carta más fuerte —había dicho Deckster—.
A veces gana la que realmente entiendes.
Lupen tomó la carta.
En cuanto la activó, algo cambió.
El corcel reaccionó.
Las cartas dejaron de vibrar caóticamente y comenzaron a sincronizarse. El caballo levantó la cabeza, como si finalmente reconociera a su jinete.
El ritmo cambió.
Ahora el corcel corría.
De verdad.
Recuperando terreno
La distancia comenzó a reducirse.
El rival lo notó.
Por primera vez, giró la cabeza hacia atrás.
—Interesante… —murmuró.
Lupen avanzaba cada vez más rápido. El corcel respondía con precisión, girando en curvas cerradas y recuperando velocidad en los tramos abiertos.
Por un momento, parecía posible.
Tal vez alcanzarlo.
Tal vez ganar.
La trampa
Fue entonces cuando ocurrió.
El rival levantó una mano.
Una energía oscura atravesó el camino frente a Lupen. La tierra se deformó, creando una grieta imposible en medio de la pista.
El corcel de Lupen tropezó.
Las cartas que formaban su cuerpo se desordenaron brevemente y el caballo perdió impulso.
El rival aprovechó el momento.
En segundos recuperó toda la ventaja.
Cuando el corcel de Lupen volvió a estabilizarse, la distancia era nuevamente enorme.
Lupen apretó los dientes.
—Eso fue trampa… —murmuró.
El rival se detuvo brevemente en una colina al final del camino y lo miró desde arriba.
Su sonrisa regresó.
—No —respondió con calma—.
Solo conoces menos reglas que yo.
Luego desapareció en el horizonte.
El verdadero problema
Lupen detuvo su corcel.
El viento del desierto movía lentamente las cartas que aún flotaban alrededor del caballo.
Ahora entendía dos cosas.
La primera: su mazo podía correr… pero todavía no lo entendía completamente.
La segunda: el rival no estaba jugando el mismo juego.
Con el sol desapareciendo por completo en el horizonte, Lupen miró el camino que quedaba por delante.
La carrera no había terminado.
Pero ahora sabía que, si quería ganar, tendría que aprender algo mucho más difícil que correr rápido.
Tendría que dominar su corcel.